SER.
Se habla de “cambiar”, y más bien debería hablarse de SER. Y para SER no necesitamos hacer nada, ya SOMOS, pero no nos damos cuenta, porque el SER que SOMOS, yace por lo general, cubierto por la basura e inmundicia que nosotros mismos hemos tirado sobre él. Pareciera que tenemos miedo de descubrir lo que realmente somos, pareciera que nos asusta la idea de lo que somos y preferimos refugiarnos en un pasado que nos suena más seguro, porque ya es un camino conocido y nos aterra lo desconocido, nos devora y nos paraliza el miedo a lo desconocido. Nos dicen que somos pecadores, que ya nacimos así, e inmediatamente aceptamos la idea, porque es más fácil “aceptar” una idea ya elaborada, que buscar en nuestro interior, reflexionar, pensar realmente ¿quién soy?, ¿de dónde vengo y hacia dónde voy? y no aceptar lo que nos dicen, quienquiera que sea, como una verdad absoluta. En estos días, cuando se nos presenta la oportunidad de entrar dentro de nosotros mismos, podríamos hacer un esfuerzo y salir del escondite y desafiar al miedo para intentar SER , abrir los ojos y ver más allá de la “realidad” a la que nos hemos acostumbrado e ir experimentando otra “realidad” más real que la que conocemos. Y poco a poco iremos iluminando y limpiando ese SER que por miedo le damos la espalda y seguimos cubriendo de basura. Intentémoslo!.
Archivos de Autor: Manuel Aguilar
El Amor o el miedo
online.fliphtml5.com/ixrqe/sfef/
Acerca del perdón.
Los caites del abuelo en la pila.
El Cafecito de las 3:00 pm
Este no es un comentario a aquél brevísimo escrito el 20 de Septiembre de 2011, diez años ha… Esto es la continuación «obligada» de aquél texto. «Obligada» porque hoy, como digo, diez años después, como siempre, al despertar tengo preguntas, siempre tengo preguntas… No siempre tengo respuestas, pero hoy sí. Mi pregunta de hoy recibió una tajante respuesta: «Es que no estás entendiendo». y acto seguido, mi mente quiso completar: No se trata de entender, sino de sentir. Como por inercia, hoy por la tarde, abro esta entrada de 2011 y me encuentro con ese texto: «Es que no estoy entendiendo esto… No lo estoy entendiendo o no lo quiero entender porque no me conviene. Y no me conviene porque… Aquí está la razón del problema…«. Esta es la meditación de hoy!
Si no quiere enfermarse…
El derecho de reir.
Eduardo Galeano. Los hijos de los días.
Según la Biblia, Salomón, rey de Israel, no tenía una buena opinión de la risa:
—Es locura —decía.
Y sobre la alegría:
—¿De qué sirve?
Según los evangelios, Jesús nunca rió. El derecho de reír sin cometer pecado tuvo que esperar hasta que en la ciudad de Asís nació, en el día de hoy de 1182, un bebé llamado Francisco.
San Francisco de Asís nació sonriendo, y años después instruyó a sus monjes discípulos:
—Sean alegres. Guárdense de aparecer tristes, ceñudos, hipócritas…
Años más tarde, Don Bosco, el fundador de los Salesianos, aseguró a sus seguidores: “Nosotros hacemos consistir la santidad en estar siempre alegres”.
Retrospectiva.
La memoria guarda detalles minuciosos de tiempos idos, y muchas veces las circunstancias nos hacen evocarlos.
Camino al Puerto de La Libertad.
Salí del café con la intención de ir a guardar mi carro en un lugar más seguro. No quería arriesgarme a dejarlo en la calle, frente al Café y encontrarlo por la mañana, sin llantas, sin radio, o ya no encontrarlo.
Eran las 8 de la noche y tomé la calle que conduce hacia el Puerto de La Libertad, para luego, dos cuadras más adelante, doblar a la derecha. Pero poco antes de doblar, me sorprendió ver a una niña pequeña, de unos 6 ó 7 años caminar a la orilla de la calle, mirando ansiosamente hacia atrás. Detrás de ella, muchos pasos atrás, pude ver por el retrovisor a una señora, caminar presurosa; al reflejo de la luz dejaba ver una cara preocupada.
Iba a detenerme para preguntar a la niña qué les pasaba cuando vi que la niña, mirando hacia atrás nuevamente, como buscando la aprobación de la señora, decididamente caminaba ha-cia mi carro con su brazo derecho levantado como pidiendo “ride”.
Despacio, me fui deteniendo hasta llegar dónde estaba la niña, quien hacía señas a la ma-má para que se acercara. Bajé el vidrio de la ventana delantera derecha y la nña se asomó, al mis-mo tiempo que continuaba hablándole a la señora, que por lo que escuchaba, era la mamá.
—¿Qué pasa? —, le pregunté.
Con mucha seguridad, pero sin poder disimular el miedo y la preocupación, se arriesgó:
—¡Señor, por favor ayúdenos! ¡Mire, ella es mi mamá…!, mientras seguía haciendo señas a su mamá, quien no podía esconder su gran miedo, pero al mismo tiempo se alegraba del coraje y valentía de su hija, al atreverse a buscar remedio a su situación.
—¿Qué les pasa? —, volví a preguntarles intrigado.
—Mire, me dijo la niña—, mientras la señora seguía apartada a unos pasos del carro. Es que mi papá, me robó de allá del puerto y me trajo para San Salvador, y cuando mi mamá se dio cuenta, se vino en el bus y no se fijó que casi no traía dinero. Vino a San Salvador, y como pudo me encontró, pero se nos hizo tarde… La niña se detuvo y me miró fijamente, mientras trataba de esbozar su mejor y más dulce y convincente sonrisa para confirmar su primera expresión:
—¡Señor, por favor ayúdenos!
—¿Van para el Puerto?, pregunté, mientras abría la puerta y la niña tomaba del brazo a la señora y trataba de transmitirle su confianza.
La señora, por su parte, seguía temblando de miedo y desconfianza, pero, para no defraudar a su hija, hizo un esfuerzo y lentamente asomó la cabeza y con su voz entrecortada, me dijo temerosa:
—¿Nos va a llevar?
—¡Sí, señora, suban!
—¡Pero… nosotros… no tenemos dinero! —, me aclaró, mientras la niña, satisfecha por su logro, se acomodaba en el asiento de adelante. Tratando de tranquilizarla e infundirle confianza, le dije que se acomodara en el asiento de atrás, para que, si tenía desconfianza de mí, podía de alguna manera observar mis movimientos con anticipación.
Casi forzada, subió y se acomodó atrás, como le dije. Mientras, yo me identificaba y trataba de mostrarme lo más confiable posible, contándole que yo conocía bien ese camino porque por ahí había nacido y por ahí vivían mis papás y tenía familiares.
La niña se mostraba contenta de haber resuelto la situación, pero yo miraba a la señora por el retrovisor y la sentía muy temerosa. Les conté todas las historias que se me ocurrieron, mientras nos dirigíamos al Puerto. El camino es obscuro, y solitario, y en algunos tramos, esta soledad y obscuridad, incrementaban el peligro, por el tipo de carretera.
Por fin, llegamos al Puerto de La Libertad y aún antes de pasar por la gasolinera de la entrada, la señora se apresuró a decirme con voz suave:
Por aquí nos puede dejar, por favor. Ya de aquí nos vamos caminando.
Ya ella, dentro de las pocas palabras que había podido sacarle durante el camino, me había dicho que llegando a la gasolinera, a la derecha, casi a la salida de la ciudad. De manera que no me detuve y continué. Poco después de salir de la ciudad había un grupo de personas mirando con ansiedad, como si esperaran a alguien. La niña, feliz y entusiasmada me dijo:
¡Aquí es! Aquí nos puede dejar.
Inmediatamente di la vuelta en U, de manera de regresarme sin contratiempos y evitar que, conociendo a mi gente, quisieran «pasarme adelante» y pagarme por el viaje. Esperé que se bajaran y les dije:
Ya están en su casa, gracias a Dios. Me dió gusto ayudarles. Buenas noches!
La señora, muy agradecida, me dijo que Dios me lo pagaría y yo salí nuevamente hacia Santa Tecla, pidiéndole a Dios llegar sin contratiempos a mi casa.


