El abuelo entró a la sala, descolgó la hermosa hamaca, que del horcón de una esquina, cruzaba en diagonal el espacio hacia el horcón de la esquina opuesta, se metió en ella y puso el sombrero en el suelo. Con un pie se zafó uno de “los caites” que, a manera de sandalias, él mismo se confeccionaba, de pedazos de cuero que le sobraban de alguna albarda que hacía por encargo, luego, ya con los ojos cerrados, con el otro pie, se quitó la otra y ambas, junto con el sombrero, quedaron en el suelo.
Las sandalias viejas y desgastadas, pero muy limpias que usaba el abuelo, me inspiraron un experimento. Quizás tendría entre dos y tres años y seguía explorando. La verdad es que nunca he dejado de hacerlo. Siempre tengo muchas preguntas y curiosidad por saber qué pasaría si….
Esa tarde el abuelo dormía su siesta. Lo oí roncar suavemente, mientras el aire que soltaba por la boca producía un leve silbido y hacía temblar sus largos bigotes blancos. Era el momento propicio para ejecutar mi travesura. Y no lo pensé mucho.
Sigilosamente, me acerqué a la hamaca para asegurarme que el abuelo realmente estaba dormido, luego miré hacia uno y otro lado por si no había alguien que hubiera adivinado mi plan y me lo estropeara. Una mosca se paró en la nariz del abuelo y él tiró un manotazo al aire, pero siguió roncando. Me quedé parado por si escuchaba algún ruido. La abuela estaba en la cocina y mi tía no estaba. Todo estaba en silencio. El único ruido era el del aire saliendo debajo de los bigotes del abuelo. Ya seguro de que no había problemas, tomé las dos sandalias y en puntillas, me dirigí hacia la pila que estaba fuera del corredor, frente a la cocina, y las puse con cuidado sobre la superficie del agua quieta, esperando que, como barquitos de papel, flotaran lentamente. Pero no, con sorpresa ví como, lentamente y zigzagueando se hundían hasta posarse en el fondo, dejando unas columnitas de pequeñas burbujas.
El abuelo siguió durmiendo tranquilamente, pero seguramente habrá buscado sus sandalias al levantarse para la hora de la cena, con las consiguientes consecuencias para mí. Curiosamente no me recuerdo de nada. Hoy, muchos años después, pienso y razono que, si me acuerdo de la primera parte, también debería acordarme de lo que pasó después. Seguramente no fue nada agradable y mi memoria lo descartó.
